Subiendo por la Esgueva

Tras el café de rigor y algunos comentarios sobre el tiempo frío ya estábamos los seis en marcha. Comenzamos remontando el valle del Esgueva. Con cero grados en el repostaje de Renedo, el valle estaba como suele estar en estas mañanas de invierno; es decir, la tierra blanquecina por la escarcha y una estrecha neblina que acompañaba al río dejaba insinuar los páramos azulados de la otra parte del ancho valle.

Durius Aquae: El "Vallesgueva" se mostraba riguroso
El “Vallesgueva” se mostraba riguroso

A medida que remontábamos, a la altura de Piña, apareció durante unos kilómetros una gasa de nieve que embellecía el paisaje y a la vez comprometía nuestro discurrir, especialmente al atravesar las localidades con zonas heladas en la sombra. Afortunadamente, cuando la impresión era de que podía ir a más a medida que ganáramos altura, la nieve desapareció a la altura de Fombellida.

El valle se estrechaba, aparecían los viñedos y se hacía más acogedor. Al traspasar Villovela se nos presentaron iluminadas las ruinas del Monasterio de los Valles. La carretera de reciente firme, aunque estrecha, deliciosa de rodar.

Durius Aquae: Pequeño embalse de Tórtoles de Esgueva
Pequeño embalse de Tórtoles de Esgueva

Abandonamos el Esgueva en Torresandino donde tomamos carretera hacia Lerma. Antes de Villafruela encontramos los páramos más altos del Cerrato. Un paisaje casi pelado salvo por algunas encinas y muchas corraladas. El paraje mesteño dejaba correr un viento fuerte y racheado que balanceaba peligrosamente las monturas. No era desde luego un día relajado pero llegamos a Lerma donde nos recompusimos a base de café caliente y tortilla poco cuajada.

Por el Arlanza hasta Artlanza.

Reconfortados —dentro de lo que cabe— tomamos la ribera del Arlanza siguiendo los pueblos “del Agua” hasta Quintanilla. Allí nos estaba “esperando” Felix Yáñez, el escultor.

Durius Aquae: Felix Yañez
Atendiendo a los comentarios de Félix

Artlanza es Felix Yañez y probablemente viceversa. Él lo piensa, lo hace y te lo cuenta. Cuando decides visitarlo no tienes muy claro en que consiste eso de “la escultura más grande del mundo” y cuando llegas descubres que se trata de un cuidado parque temático de calidad, realizado con materiales reciclados y naturales, que nos muestra una localidad castellana de hace un siglo con innumerables detalles y pequeñas exposiciones temáticas.

Lo más importante: así se aferra a su pueblo, lo da a conocer y a la vez su interesante obra como escultor. Nos cuenta que “ya no tiene que recorrer las ferias para mostrar… y vender su obra”. Ahora vamos nosotros a verlo y disfrutamos de su creativo trabajo que nos muestra con orgullo.

Durius Aquae: territorio Artlanza
¡Enhorabuena por la iniciativa y tu obra! Félix.

Entretenidos entre las callejuelas de esta “gran escultura“. Jugando, rememorando y tirando fotos comenzó a nevar tenuemente, solamente duro unos minutos, pero fueron suficientes para que nuestra preocupación acelerara el regreso. Alguno comentaba que no llevaba cadenas… y otro no había echado el famoso “kit de tráfico“. Así las cosas y tras la enorme dosis de etnografía castellana… era el momento de rodar de vuelta.

El viento del norte nos devuelve a casa

Retomamos la ribera de nuestro Arlanza disfrutando de lo alegre de sus aguas, algo achocolatadas, al cruzar sus puentes. A nuestra derecha las elevadas terrazas del río nos fueron mostrando un rosario de poblaciones y en sus laderas soleadas; torreones, ermitas, fuentes… Así hasta la histórica Palenzuela, que solamente vimos de lejos pero que prometimos visitar.

Durius Aquae: El puente que da nombre a una gran localidad: Quintana del Puente
El puente sobre el Arlanza que da nombre a una gran localidad: Quintana del Puente

El viento pegaba fuerte, ahora por “la amura de estribor” lo que nos obligaba a escorarnos para avanzar equilibrados por nuestros mares castellanos, así hasta Quintana del Puente. Allí tomamos unas “sin” e incluso algún café a esas horas. También hubo cambio de impresiones; entre otras sobre la manera de sobrellevar el frío en la moto, parece ser que no hay milagros y que “cada perro se tiene que lamer su…” Bueno, quizás y tratándose de humanos, sea mejor decir “que cada cura aguante su…”. No, tampoco. Vamos, que cada cual se tiene que apañar como pueda, quiero decir. El mucho-frío es inherente a la moto, en especial por esta querida cuenca del Duero.

Despedimos la ruta volviendo, ya sin más, por la autovía del valle del Pisuerga. Ahora sí, viento en popa y cielo despejado. Habíamos dado una gélida vuelta de 250 km. alrededor del Cerrato a través de sus valles más característicos.

 

Y aquí la ruta:

 

 

Durius Aquae: Amable escultura de Félix Yañez
Amable escultura de Félix Yañez

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