Ya conocimos al arroyo de Talanda cuando lo acompañamos hasta el Duero desde Venialbo. Hoy, desde el mismo lugar —el fantástico puente de piedra—, remontamos su valle hasta llegar hasta las hondonadas en El Maderal donde recoge sus primeras aguas… cuando puede, claro.
Vamos a rodar entre tierras y pueblos de La Guareña y otros de la Tierra del Vino, lugares para los que el pequeño arroyo, de apenas 34 km de longitud, es el eje de sus actividades agropecuarias y que, en la actualidad, se encuentra abatido además de por el duro verano por los pozos que horadan su valle.

El día se promete caluroso a medida que el Sol trepa por el horizonte despejado. Los caminos están muy secos y nuestra trayectoria marcada por una tenue estela polvorienta a medida que rodamos.
Aún con algo de frescor llegamos a El Piñero, pueblo situado en un teso donde el Talanda recibe al arroyo Montoya, quizás su afluente más importante. Después lo seguimos hasta San Miguel de la Ribera por un paisaje entretenido, marcado por la exuberante vegetación de ribera, los fértiles campos de su vega y algunas huertas. En Venialbo el arroyo presentaba un tenue hilo de agua; por aquí, baja seco.

Corre el mes de agosto y observamos una inusual actividad juvenil cuando recorremos los pueblos. Nos acercamos hasta la fuente de la Ermita y después a la de Antanillas con la esperanza de encontrar los anillos que por aquí perdió Santa Teresa, pero la encontramos cercada y nos conformamos con observar un par de caballos que beben de su pilón. Visitamos su coqueto cementerio, el humilladero, la plaza de toros y su iglesia de San Miguel. Tras acercarnos a las ruinas abandonadas de su convento de Aldea del Palo proseguimos en dirección a Argujillo.
Su iglesia de la Asunción nos muestra una bonita torre y su ayuntamiento un elegante reloj cuadrado insertado en una buhardilla que casi marca bien la hora. Junto al arroyo un grupo de vecinos se ha reunido para adecentar su vieja fuente, junto al arroyo. Seca y enterrada entre un parquecillo. Consiguen abrir su portillo y observan asombrados que el agua llega casi a los caños, habrá que bajarlos de nuevo: ¡suerte con la empresa!

Seguimos remontando el valle junto la verde línea de chopos que contrasta con fuerza entre los campos segados. Al salir entre las eras del pueblo aparecen hermosas parvas de grano secándose al sol. Parece que ha sido un buen año…
Pronto llegamos a El Maderal que lo encontramos entre fiestas y mercadillo medieval. Allí, en el medio del pueblo se juntan canalizados al incipiente Talanda varios arroyos que bajan también secos. Seguimos remontando su brazo principal y llegamos, por fin, hasta la parte más alta de su cuenca. Un paisaje de suaves tesos y hondonadas en el que los montes van tomando ventaja a la agricultura prosperando pinos y encinas.

Aquí dejamos el valle del Talanda para dirigirnos hacia Cuelgamures y Fuentespreadas, pueblos en las riveras del arroyo Montoya que baja también seco. Aunque junto a ellos prosperan las huertas que nos ofrecen a la vista melones, sandias, judías y coloridos tomates y pimientos. Para estar en la Tierra del Vino encontramos pocos viñedos y sí que aparecen algunos campos de pistacheros que lucen sus frutos abundantes.
Nos acercamos ahora hasta Jambrina, un pueblo cuya calle larga debe de tener más de un kilómetro. Preguntamos a una señora por sus fuentes y nos señala dos, avisándonos con pena de que “ahora no echan”. Efectivamente, están tan secas como el arroyo aunque, a la humedad del caño en la fuente de los lavaderos, un gato, viejo y enfermo, trata de calmar su sed sin conseguirlo.

Desde Jambrina seguimos hasta Gema pasando por la piscifactoría de Casaseca que encontramos sin actividad aparente, aunque sus charcas estaban bien repletas siendo prácticamente el único lugar que vimos con agua.
El calor apretaba a mediodía y en el parquecito de Gema hubo que descansar unos minutos. Comenzamos a subir por una buena cañada hasta fuente de San Gregorio la cual si que despachaba un fresco hilillo de agua, y, tras refrescarnos de nuevo, seguimos subiendo hasta dar con el Pino de Gema: magnífico piñonero que destacaba entre un horizonte de encinas.

Tras las fotos de rigor emprendimos la vuelta hacia Venialbo entre los montes de Valdemimbre; buscando sendas y caminos montaraces entre los que pudimos encontrar algo de sombra, para, al final, caer de nuevo junto al arroyo de Talanda, en Venialbo, que disfrutaba de la resaca de sus fiestas.
Agotados, tomamos unas cervezas con limón en uno de sus bares, mientras hacíamos balance de nuestra ruta. Habíamos encontrado mucho ganado; bovino, equino y alguna granja porcina. Pero nos llamaba la atención no haber encontrado, en tantos kilómetros, un solo rebaño de ovejas o cabras… el ganado que limpia los montes a la vez que se alimenta y lo abona.
Preguntamos por esto a algunos paisanos y alguien contesta: Pero, además de los sacrificios del pastoreo… ¿Quién quiere criar la carne para los lobos?
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