Mira que nos gustan los espacios abiertos, nuestras llanuras y los horizontes de esta gran cuenca del río Duero. Sin embargo, a veces, no podemos dejar de mirar también hacia los interiores y nos encontramos hermosas sorpresas como la visita realizada a la colegiata de San Luis en Villagarcía de Campos.

Villagarcía de Campos
Panorámica de Villagarcía de Campos
La colegiata

Villagarcía es un lugar terracampino que hemos visitado con frecuencia, conocemos su molino de viento y las fuentes de Cañicorrales y San Boal, hemos paseado por lo que aún queda de su castillo, conocemos su monte y, por supuesto, su río Sequillo. Pero nunca se nos había ocurrido visitar el Museo de la Colegiata de San Luis… hasta ahora.

Tras dar gusto al paladar entre amigos, ahora que tan necesario es animar a la hostelería y a nosotros mismos, nos acercamos al pueblo para completar la tarde. Una nube de palomas se levanto al unísono de la cubierta de la colegiata al acercarnos mientras que Teresa, guía del museo, nos recibía puntualmente.

 

Retablo de alabastro colegiata de San Luis
Detalle del retablo de alabastro diseñado por Juan de Herrera

 

Éramos los únicos visitantes y el recorrido, muy bien ilustrado por Teresa, se convirtió en coloquio ilustrado con lo que íbamos viendo que no es poco y que trato de resumir aunque esto está muy bien explicado en otras páginas:

  • El edificio: Algunos lo llaman el Escorial de Campos por sus trazas herrerianas y su similitud a escala con el famoso monasterio. Resulta que es de los primeros templos construidos en la Contrarreforma que fue utilizado de modelo para otros muchos. Se encuentra en muy buen estado sin apenas intervenciones.
  • Jeromín: Damos un buen repaso a la historia de este héroe nacional que incluye una sala con recuerdos de la batalla de Lepanto, entre ellos el cristo que llevaba Juan de Austria en su camarote y la bandera tomada a la nave capitana de la escuadra otomana.
  • Retablo en alabastro diseñado por Juan de Herrera, cripta donde se encuentran sepultados sus promotores…
  • Reliquias, orfebrería, cuadros, documentos, tapices, bordados….
  • Museo etnográfico
  • Jardín con restos del acueducto que traía las aguas desde las laderas de los Torozos

 

Villagarcía de Campos, Caño de San Boal y Sequillo al fondo
Villagarcía de Campos, Caño de San Boal y Sequillo al fondo

 

En fin, creo que lo dejo ahí. Cómo decíamos al principio: mucho y sorprendente… pero hay más:

Además de todo este impresionante patrimonio conservado,

el lugar se encuentra impregnado también de la historia de un insigne escritor de la tierra del Duero: Se trata del jesuita Francisco de Isla, el autor de «Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes».

Teresa llamó primero a la puerta de su celda y el escritor, más bien su alma, nos autorizó a entrar.

Me llamó especialmente la atención la recreación de la celda que ambienta su tiempo y su obra. Un espacio sencillo e íntimo con cama, jofaina, escritorio y muchos libros. En una percha capas, birrete y sombrero. Algunos recuerdos de sus mundanas costumbres: chocolate y caza… poco más. Y así debió dejarlo aquella nefasta madrugada de abril de 1768 cuando Carlos III ordenó con nocturnidad la expulsión de la Compañía de Jesús.

Detalle de la celda del Padre Isla
Detalle de la celda del Padre Isla

Me pregunto como fue aquello. Apenas una línea en la historia que vimos en nuestro bachillerato pero el destierro real y de por vida para unas 2600 personas.

Y por aquí encontramos interesantes relatos y respuestas que nos cuentan como de madrugada apareció un ejército a bayoneta calada y los alguaciles con la Pragmática Sanción simultáneamente en el reino, sin previo aviso y sin escuchar a los ofendidos… las cosas del poder.

Isla se encontraba enfermo, a punto de cumplir 64 años. Había vivido una vida entregada a su vocación, al estudio y a la escritura. Escritura inteligente, satírica y mordaz que lo llevo a tener problemas con la Inquisición. Había vivido casi siempre en el entorno de nuestra tierra del Duero y, de repente, con lo puesto, un penoso viaje; primero a Galicia y desde allí una interminable travesía en barco, hasta la lejana Córcega para, pocos meses más tarde, ser expulsados de nuevo y huir a la península itálica. Una vida miserable en un exilio en el que malvivió de limosnas y desprecios hasta que murió catorce años después.

 

San Ignacio en la sacristía del Noviciado
San Ignacio en la sacristía del Noviciado

A raíz de esta visita he leído algunas de sus cartas llenas de ingenio y agradecimiento pero sin una queja. También he leído las memorias del joven novicio Isidro Arévalo. Este narra en detalle el periplo de los Novicios de la Colegiata hasta encontrarse con los PP en Santander y embarcar con ellos hasta Calvi. En la lectura es posible revivir aquel destierro viendo salir del pueblo en caravana aquellos 26 carros de cuatro mulas hacia Rioseco con aquellos que no volverían a ver su Patria despojados de honor y bienes.

Pero mejor, con el mismo Padre Isla … ¡viajemos en el tiempo!

El día 4 de abril, después de comer, salió aquella santa y numerosa Comunidad compuesta de 107 sujetos entre Sacerdotes, Coadjutores antiguos y Novicios, habiéndose quedado 6 enfermos en el Colegio a pesar de las ansiosas instancias con que pedían les permitiesen ir a morir en compañía de sus Hermanos desterrados. Iban todos distribuidos en 26 carros, tirados cada uno de cuatro mulas, todos con su Crucifijo, el Breviario debajo del brazo los obligados al Oficio Divino, y los más sin otro equipaje que una almohada con un par de camisas y algunas cosillas indispensables, pero tan pocas que, siendo la almohada bien estrecha, sobraba bucle para otras tantas más. Comenzóse la marcha con tambor batiente entre dos filas de soldados con bayoneta calada, formados desde el Colegio hasta fuera de la Villa. Los alaridos, los clamores, las lágrimas y los tristísimos lamentos, que se veían y oían por puertas y ventanas, los semblantes atónitos y como desmayados a violencia del dolor y del sentimiento, las voces en que prorrumpía la muchedumbre, muchas de las cuales no nos permite referirlas la moderación y la prudencia, los extremos que hacían todos como si en cada uno de los jesuitas les hubiera faltado su padre, su madre y todo cuanto más amaban en la tierra: este conjunto de objetos que se presentó no sólo en aquel reducido pueblo, sino generalmente en todas las Ciudades, Villas y Lugares, donde había Colegios de la Compañía, y en todos los Lugares, Villas y Ciudades por donde transitamos hasta llegar a nuestros respectivos embarcaderos, con más o menos dolorosas expresiones según era mayor el trato, conocimiento y experiencia que se tenía de nuestros Ministerios, decimos, Señor, que este conjunto de objetos lamentables penetró nuestro corazón de tal manera que aquellos mismos ojos, que se mantuvieron enjutos, constantes y serenos en el primer golpe de nuestra desgracia, no pudieron negar las lágrimas, y muchas lágrimas, a un espectáculo tan tierno como doloroso. Este hecho, volvemos a repetir, no fue peculiar al Colegio de Villagarcía. Fue común a todos los Colegios: tuvo por testigo a toda España y depondrá de él la tropa que escoltaba a los desterrados. Si los jesuitas hubieran turbado en los pueblos «la subordinación, la tranquilidad y la justicia», como siniestra y maliciosamente han informado a Vuestra Majestad, no era verosímil ni aun posible que los pueblos hiciesen tantas demostraciones de sentimiento por su exterminio, pudiendo asegurar santamente a Vuestra Majestad que son de muy poca consideración las que aceleradamente referimos respecto de las que nos obliga a suprimir la discreción y la modestia. ¡Qué lejos estaban vuestros pueblos de clamar por nuestra expatriación, como hemos llegado a entender que se ha intentado persuadir a Vuestra Majestad!

Pues sí, así son las cosas del poder, que no del querer….

Cristo de la nave de Don Juan de Austria en Lepanto
Cristo de Lepanto
¿Queréis saber más?

Memorial a Su Majestad Católica sobre los excesos y agravios hechos a los jesuitas de las cuatro Provincias de España en la Ejecución de su Real Decreto de 26 de febrero de 1767

Diario de los Jesuitas expulsos de Isidro Arévalo

Publicaciones del grupo de investigación jesuítica en la Universidad de Alicante

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One thought on “Villagarcía de Campos, 26 carros de cuatro mulas, crucifijos y breviarios

  1. El descubrimiento de Villagarcía de Campos, es un descubrimiento tardío para mi. Me lanzo a la historia y veo la panorámica de la primera fotografía realizada desde el castillo de D, Luis de Quijada y de Dña. Magdalena de Ulloa. Castillo desde el que un joven D. Juan de Austria nos lo podemos imaginar completando su intensa formación, además de fraguando poco a poco su espíritu, aquel que le permitiría sobresalir en el ámbito militar. La imagen de San Ignacio de Loyola, permite descubrir a D. Tomás de Sierra, personaje berciano desconocido, nacido en el pueblo de Santalla, cerca de Ponferrada (Comunidad de Castilla y León). He aquí un ejemplo claro de como la historia no pone en su sitio a todos lo personajes importantes de una época. Con el padre Isla, leonés de la época, tengo que volver a mis recuerdos cuando los programas de televisión enseñaban. Buscando en » you tube» encuentro aquella serie de «LOS LIBROS» donde un magistral D. Guillermo Diaz Plaja (académico de la RAE) hacia una introducción para el episodio dedicado a «FRAY GERUNDIO DE CAMPAZAS». Quiero pensar que la serie de Fernando Fernán Gómez «LOS PÍCAROS», también utilizó a «FRAY GERUNDIO DE CAMPAZAS» para fundamentar algún episodio de aquella magistral serie. Por último quiero tener un recuerdo para los jóvenes «exiliados» de la actualidad (como los novicios de Villagarcía), nuestros investigadores, son un claro ejemplo de que la historia se repite continuamente. Estos jóvenes deberían de contribuir a la grandeza de nuestro país y por la incontinencia mental de algunos tienen que irse a otros paises que los acogen y les dan vida. La reseña efectuada en esta página web debería de servir para cortocircuitar algunos cerebros, cuantos más mejor.

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