Durius Aquae: pescador en el Pisuerga
Posando con orgullo. No es para menos. ¡Menuda peza!

Cuando uno va por el campo en invierno sólo ve -dentro del reino animal- aves y mamíferos, es decir, aquellos seres vivos de sangre caliente. El resto –insectos, anfibios, reptiles y algunos mamíferos como los murciélagos- se encuentran hibernando a la espera de que llegue la primavera y les despierte. Bien es cierto que a veces, cuando sale un día bueno y el sol calienta un poquito, parece que alguien avisa a las ranas y salen a tomar el sol, o aparece alguna abeja madrugadora o algún que otro insecto. Pero si el día es helador o nieva, nadie se atreve a salir. Hasta los conejos y ratoncillos se vuelven perezosos y se quedan durmiendo en las huras.

¿Y los peces? Pues como son de sangre fría, en principio estarán ocultos en algún lugar más o menos profundo, fuera de la corriente, o semienterrados en la pecina. Pero esto no es del todo cierto. Muchos peces, a pesar de estar el agua muy fría e incluso con hielo, siguen con cierta actividad, lo que es aprovechado por los pescadores empedernidos que son muy capaces de ir al río o al pantano llueva, nieve, o caigan chozos de punta. Además, ¿quién no recuerda la figura del esquimal serrando la capa de hielo para echar la caña?

De entrada, no sé por qué razón, la mayoría de peces de gran tamaño siguen activos y entran a ciertos cebos, no así los pequeños, que desaparecen en invierno como por arte de magia o, al menos, están inapetentes.

Recuerdo una mañana hace muchos años en el Tormes, cola del embalse de Santa Teresa, agua cristalina, charcos helados, estábamos intentando que alguna boga de las muchas que se veían en bancos entrara al gusano o a la lombriz. El cebo se paseaba entre ellas como si fuera invisible; no le hacían el menor caso. Hasta que una trucha común a la que pude ver una décima de segundo me robó el cebo, el sedal, el aparejo y casi la caña, tanta fuerza tenía. Claro que otras veces, en pleno invierno, las bogas no entraban tan mal.

Tal vez el rey del invierno por estas latitudes sea el lucio, que acaba mordiendo el señuelo y, hace años, cuando estaba permitido, al pez vivo. Ahora, en el canal de Castilla y en el Pisuerga se sacan buenos ejemplares, y en el embalse del Esla abundan los que marcan dos dígitos en la balanza.

Otra especie activa son los barbos. Y bien grandes. Hace muchos años, a mediados del siglo pasado, el Norte de Castilla daba noticia de los enormes barbos que salían al tiento desde el puente de Toro: cuatro, seis, siete kilos y más daban en la romana. En las corrientes siguen entrando a la ova y, en cuanto el río se enturbia un poco por las lluvias y crecidas, es el momento de echar la lombriz a fondo. No falla. Los grandes barbos tamaño tiburón siguen activos y parece que la están esperando. Algo similar puede decirse de las hipercarpas, que siguen picando por muy fresquita que esté el agua.

Así que, para pescar en invierno, sólo hace falta una cosa: afición (además de paciencia, pero ésta siempre).

Piscatorem

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