Hoy, entre la penillanura, nos hemos acercado hasta Pereña de la Ribera entre nubes y chaparrones. Con la incertidumbre de si podremos pasear sus sendas abiertas entre granito y esquistos.
Queremos visitar el Pozo Airón, una preciosa cascada de las innumerables que caen entre los Arribes y que presumimos que estará colmatada después de tantas borrascas en formación.

Al llegar llueve, así que con el mismo coche nos acercamos hasta la pétrea ermita del Castillo. Esta se yergue entre un tímida arboleda desmochada a la espera mejores tiempos de romería.
Desde el mirador contemplamos el farallón de Fuente Santa, con su caída de 350 m hasta el Duero, que forma aquí la cola del embalse de Aldeadávila.

Frente a nosotros Perero de Bemposta, ya en Portugal, nos mira sin vernos, distante e inaccesible. Aquí bien se cumple el refrán de buenas vallas, buenos vecinos, y es que, con este vallado en forma de vacío inmenso, pocos desencuentros habrán tenido los habitantes de estos pueblos a lo largo de su existencia.
Pero parece que escampa un poco, volvemos a Pereña. Desde allí nos animamos a caminar hacia el Pozo Airón, son algo más de tres kilómetros y algo más hasta otro mirador. La temperatura es agradable y la abundancia de agua por las infinitas regueras anuncia prometedora la cascada.
Efectivamente, cuando llegamos a las inmediaciones del arroyo de los Cuernos, el ruido es ya ensordecedor. Junto a el vamos descendiendo por la senda, a veces llueve un poco pero para eso están los chubasqueros, ni se nota. La senda está en buen estado y solamente hay que tener cuidado de donde pisamos para evitar resbalones.

Seguimos descendiendo y van apareciendo cascadas sucesivas que el arroyo, que es todo espuma, brinca desbocado. También los restos de lo que parece un molino olvidado y una curiosa fuente junto al camino, que parece vauclusiana. La observamos un rato contemplando su ciclo: cada cinco minutos desaparece, luego genera un caño, después es potente y lo lanza fuera de su gamellón y luego cambia esa potencia potencia por un enorme caudal y finalmente vuelve a desaparecer. Cada cinco minutos repite el idéntico ciclo que nos hipnotiza imaginando el laberinto de sifones que recorrerán las aguas bajo las rocas.

Y aparece finalmente el Pozo Airón, pleno y hermoso. El corto arroyo de los Cuernos pocas veces despeñará tanta agua entre sus coletas. Bajamos con precaución, todo está mojado y resbala. Primero, el ruido se hace estruendo y después la bruma pulverizada que flota en el aire por la brutal caída nos empapa. Al alejarnos la vemos en su plenitud, son varios tramos consecutivos. Finalmente entre un barullo de remolinos blancos el agua entra en el Duero. Se contagia de la calma y se tranquiliza, mestizándose enseguida del color achocolatado que trae el río desde la meseta.

Un poco más abajo tenemos el mirador de la Gargantina sobre el río. Tras un rato de relax y unas fotos, emprendemos el regreso por la misma senda entre una fina y agradable llovizna.
Aquí os dejo el paseo, no hay pérdida y si el camino está seco es posible acercar el coche a un aparcamiento que lo acorta a la mitad
