Cuando el río Adaja deja el Valle de Amblés se encuentra a la vista Ávila de los Caballeros, capital de la provincia; una dura prueba sin duda para el joven río. No la cruza; no podría realmente ya que ésta ciudad, la más elevada de España, se encuentra a más de cincuenta metros sobre el nivel de sus aguas. Podría rodearla como hacen otros ríos que abrazan a sus ciudades, pero tampoco. El Adaja se acerca a Ávila como con curiosidad, se asoma y sigue su cauce.

En un día espléndido de invierno nos acercamos a caminar por las riberas del río en su encuentro con Ávila. Una ruta facilona, sin pérdida y entretenida en la que paseamos al final unos quince kilómetros que podéis encontrar aquí.

El Soto

El río llega limpio y escaso aunque aún mantiene cierto brío en su bajada. Allí donde el arroyo Gemiguel se incorpora por su derecha comienza a formarse un hermoso soto en el que sobresale la desnuda fresneda a punto de florecer.

Durius Aquae: Soto de Ávila
El Soto: los fresnos con sus «ramas arriba» parecen animar a los deportistas

El Soto en un buen lugar de esparcimiento para los abulenses. Su origen debieron ser los prados que formaban las inundaciones estacionales del Adaja en los que pastaban calmos los ganados de la ciudad. Los fresnos se podaban trasmochados; algo que este árbol agradece y, a cambio, también sus hojas y ramillas más finas servían de alimento para las reses. Ahora que ganado no hay, se les deja crecer algo más libres aunque se aprecian sus retorcidos troncos en bola que aportan un original aspecto al bosquecillo

Conocí muy bien este soto hace bastantes años en un invierno de aquellos en que la ciudad no dejó el blanco hasta bien entrado marzo. Y recuerdo que frecuenté un soto natural, con un maravilloso aspecto rústico que aportaban las sendas aleatorias que se entrecruzaban entre pies y prados y que parece que se va perdiendo.

A veces cuesta comprender el afán de decorar lo perfecto; lo natural. De poner caminos con costosos e inútiles vallados de madera; de construir carriles bici con bordillos por el campo o de plantar especies arbóreas que poco tienen que ver son las riberas tradicionales.

El Adaja y Ávila se rozan.

Con estas inútiles reflexiones cruzamos el vacío río Chico y llegamos a las ruinas de la Fábrica de Luz con su imponente chimenea de ladrillo. Aquí el río se acerca con timidez a la ciudad y flirtea con la Puerta del Puente.

Puerta, puente y carreteras dieron origen al pequeño Arrabal de San Segundo que debió de ser la zona más industrial de aquella ciudad medieval que aún se adivina entre restos de tenerías, batanes, harineras y hasta un palomar que encontramos.

Durius Aquae: El Adaja y la ciudad desde el Molino de la Losa
El Adaja, puente y muralla desde el Molino de la Losa

Es el tramo más urbano del río Adaja en todo su recorrido hasta el Duero. Aquí lo cruzan dos puentes que muestran la evolución de la ciudad; el más antiguo: el Puente Viejo, de origen romano. Encontramos también el Molino de la Losa y su elevado azud en un agradable entorno.

Finalmente una pasarela de madera comunica de forma peatonal los siempre bulliciosos “Cuatro Postes” con la ermita románica de San Segundo y la parte noroeste de la ciudad.

El embalse de Fuentes Claras

Seguimos nuestro paseo encontrándonos con el embalse de Fuentes Claras. Se trata de una pequeña presa en cascada que remansa un hectómetro cúbico de agua usado como reserva de agua para la ciudad y también para ocio. El paraje resulta agradable con algunas ruinas al borde mismo del agua hasta llegar al esbelto puente ferroviario de Salamanca por el que tuvimos la suerte de ver como un automotor cruzaba por encima nuestro hacia la ciudad dando un cierto movimiento al diorama.

Durius Aquae: La presa de Fuentes Claras y el Puente de Salamanca
La presa de Fuentes Claras y el Puente de Salamanca

Al poco llegamos a la presa abovedada del embalse por donde rebosa un discreto caudal para la época. Abajo encontramos la cola vacía del embalse de Las Cogotas; el embalse más importante de este río que también sirve de regulador. Una gran ceja descarnada de vegetación nos muestra enormes bolos de granito junto con los restos del Molino del Cubo; difícil de distinguir debido al color pardo claro del barro seco que, al estilo de la muerte, todo lo iguala.

Durius Aquae:: embalse de Fuentes Claras
Restos de… ¿puente, azud, batán?

Aquí emprendimos el regreso por la senda de la ribera. Una senda que desgraciadamente nos mostraba el poco apego que en ocasiones mostramos a los ríos. Infinidad de materiales plásticos enredados en las riberas, testigos de alguna riada previa y pequeños campos calcinados por incendios pasados. Tampoco la fuente de la Canaleja se libra de grafiteros que con un espray realzan sus contornos de granito. No hay piraguas en el pequeño embalse; quizás no se permita la navegación. Algunos jóvenes echan su partidillo mientras se prepara una barbacoa con vapores que te rascan la andorga. Otros, junto al lago, echan la jornada de domingo con cañas y aparejos tratando de engañar a carpas y barbos.

 

Dicen que la Santa dijo: «De Ávila ni el polvo»

¿Se llevará el Adaja esa misma impresión al conocer la ciudad?

 

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