España está nevada…¡menos Castilla! Parece una paradoja pero en esta ocasión las tierras altas de la meseta han permanecido al margen tanto de los problemas como del entretenimiento que suelen ocasionar estas frías borrascas. Como nosotros lo que teníamos ganas era de caminar y de paso conocer un nuevo río, parecía un buen momento para visitar el Arlanza. El río que hasta ahora baja suelto y libre desde la Sierra de Neila, aunque por poco tiempo. Un embalse algo más arriba, en Terrazas, pronto comenzará a regular su caudal.

Durius Aquae: El Arlanza a su paso por Covarrubias
El Arlanza a su paso por Covarrubias
San Olav, ¡un santo vikingo!

Comenzamos la caminata en la hermosa localidad de Covarrubias. A la salida, frente a la Colegiata, la joven princesa Kristina, fuera de su gótico sarcófago, nos despide amable. Seguimos paralelos al río entre un buen barrizal hasta que nos dirigimos, monte arriba, hacia la ermita de San Olav. Mientras caminamos entre blancas sabinas y encinas negras tratamos de imaginar como tuvo que ser la breve vida de aquella princesa rubia, hija de un rey Noruego, por estas tierras castellanas. Con poco más de veinte años vino a Castilla objeto de un simple contrato político-religioso-mercantil…¿quien sabe?. La cuestión es que acabó casada, nada menos, que con el arzobispo de Sevilla, un hermano del rey Alfonso X.

Ahora la fundación Princesa Kristina de Noruega la recuerda y una bonita ermita del Siglo XXI, construida de hierro y madera, cumple con una promesa postergada casi 800 años.

Durius Aquae: Vanguardista ermita de San Olav
Vanguardista ermita de San Olav

Caminando entre los senderos del sabinar llegamos al balcón de La Cueva Negra. La pared es vertical y las vistas te dejan sin aire. Cuando respiras hondo ya te vas fijando en los detalles; en dirección a la sierra, las Peñas del Carazo, nevadas, destacan en el horizonte. Bajo nuestros pies el Arlanza baja pleno, con un precioso color verdoso, trazando un relieve abrupto donde abundan cuevas, manantiales y roquedos. Como consecuencia los buitres leonados se adueñan del entorno desde lo alto. Desde aquí, a cierta distancia, se nos muestran nuestras próximas escalas.

San Pedro de Arlanza y la ermita de San Pelayo

Primero nos encaramamos al risco de San Pelayo. La ermita se desmorona y nos muestra detalles de lo hermosa que tuvo que ser. Hoy pone un el contrapunto —en piedra y ruina— a la moderna de San Olav. Abajo el río retorcido sigue impresionando, desde aquí le oimos rugir al tener que saltar sobre el azud del viejo molino del monasterio.

Durius Aqae: Ermita de San Pelayo
Hastial de la ermita de San Pelayo o… San Pedro el Viejo (primer asentamiento del monasterio)

¿Llegaría a conocer estos parajes la princesa Kristina? No lo sabemos. Si así hubiera sido, seguramente le hubieran recordado los noruegos fiordos de donde partió hace 761 años, acentuado posiblemente la melancolía de la que se dice que finalmente debió morir.

Siendo martes no pudimos visitar el interior del monasterio, aun así, desde fuera impresiona el centro de poder que tuvo que albergar, y ello a pesar de la desafortunada forma de proteger alguna de sus partes mediante una cubierta enorme que hace daño a la sensibilidad de un bruto.

Cuantos monasterios llevamos ya visitados víctimas de aquellas desamortizaciones ¿No fue posible encontrar una solución más moderada que la de la destrucción y abandono del patrimonio?

Durius Aquae: Desde la Cueva Negra
Desde la Cueva Negra (foto de Almu)

Desde allí bajamos hasta el río que cruzamos por el puente de la Viña. Atajando meandros unas veces y acompañando al río otras disfrutamos de un buen paseo; siempre entre sabinas. Pero es que caminamos por: ¡el sabinar más grande del mundo! Dicen que hay algunas de más de 2000 años. En realidad no todo son sabinas albares en las riberas del Arlanza: pinos, encinas, robles y enebros conviven con ellas. Junto al río, que pasa hondo y protegido de los vientos, además de su bosque de ribera, los nogales abundan en pequeños grupos o solitarios junto con cerezos, almendros y viñas.

Kristina junto con su gran séquito tardó seis meses en llegar a Castilla. Primero navegando hasta Inglaterra. Después, atravesando Francia para evitar a los piratas del Golfo de Vizcaya. Entró en la península por Gerona, en el reino de Aragón, pasó por Soria y de allí a Burgos… No pasaría lejos de estos vergeles aquel diciembre de 1257. El lugar que acogería su cuerpo cuatro años después.

Retuerta y los últimos carboneros.

Llegamos a Retuerta, otra vez se nos acerca el río que viene y va. La imagen, ahora a contraluz, es hermosa. Nada más entrar en el pueblecito nos encontramos con un monumental horno de encina. Bien trabajado, ahora hay que taparlo para combustionarlo más adelante entrada la primavera. Sentado al sol en una trasera cercana, está el señor Antonio, de 83 años, que fue carbonero. Como somos unos ignorantes en este asunto (y de muchos otros) le preguntamos si sabe algo de esa enorme montonera de leña. Resulta que es de un familiar que de vez en cuando sigue preparando carbón. Lo vende en Burgos donde lo envasan para acabar prendiendo en alguna barbacoa dominical.

El horno de encina, ya casi preparado
El horno de encina, casi preparado

Antonio a su edad ha realizado muchas de estas. Nos cuenta como ahora hay que taparlas con paja… luego con tierra y luego prender y cuidar esa combustión durante dos o tres semanas. El fue el mayordomo del Monte del Monasterio y solía hacer dos o tres carboneras cada año.

– Para allá que me subía en Abril, preparaba primero una choza con palos y allí tiraba tres o cuatro meses sin bajar al pueblo.

Dentro de ese refugio preparaba el fuego para calentarse y cocinar. El resto de las horas trabajando… muy duro. Ahora Antonio pasea en una vieja bicicleta rosa por el pueblo y gusta de sentarse al solillo. El sigue haciendo sus cosas…

— Pues nada Antonio que disfrute usted por muchos años.

— Bueno, —se ríe— muchos no podrán ser ya.

Una calle de Retuerta
Una calle de Retuerta

Así es, Antonio —pienso para mi—. No serán muchos ni para ti, ni para mí, ni para nadie… Pero ese sol del que disfrutas es una pequeña maravilla digna de saborear despacio. Como también lo es el hecho de que puedas seguir viviendo en el pueblo donde naciste.

Tampoco fueron muchos esos años para la bella y rubia Kristina. Se casó con veinticuatro en la Colegiata de Valladolid y fue después a Sevilla. Bajo otro sol diferente al que conocía vivió cuatro años más y murió. Felipe, su marido, le dio sepultura en Covarrubias, donde él había sido abad. Y allí sigue descansando entre las hermosas réplicas de fiordos noruegos que gusta recrear el Arlanza.

Dicen también que aquel 31 de marzo de 1258 en que se casó, hizo prometer a Felipe la construcción de un templo dedicado a San Olav. Pues bien: promesa cumplida

Finalmente caminamos 21 kilómetros. Eso sí, con mucha tranquilidad, aquí tenéis un croquis y la ruta de wikiloc

Picota en Retuerta
Picota en Retuerta

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