Volvemos. De nuevo hacemos ruta por el Jardín del Duero. No lo podemos evitar y recurrentemente tenemos que rodar por la húmeda, exuberante y seductora primavera de Sayago.

Hoy comenzamos a rodar en Moralina, queríamos recorrer el agreste rincón que genera el Duero acercándonos a Los Arribes. Lo conseguimos en tres ocasiones asomándonos al Duero desde sus agrestes cantiles.

Rivera de Moralina en Sayago
Rivera de Moralina
Peña Cintigosa

Tras pasear por Moralina tomamos la ruta hacia Villardepera por el precioso camino de Requejo cuesta bajo y con el viento a favor. Así todo era disfrutar de color, brillo y armonía.

Cruzamos los primeros puentes hasta llegar al arroyo de la Rivera que no tenía. Tratamos de vadearlo pero un mal cálculo en la profundidad de las zonas encharcadas nos caló los pies para llevarlos bien mojados el resto de la ruta. Aparte de ese detalle, que viene siendo tan habitual, llegamos hasta Villardepera sin novedad y desde allí hasta la Peña Cintigosa.

Sayago, Zamora
Caminos sayagueses, entre cortinas

Donde antaño los vecinos arrojaban al ganado muerto para que alimoches y leonados dieran cuenta de sus cadáveres ahora disfrutamos de un bonito mirador sobre el comienzo de Los Arribes.

Las vistas no defraudan. El Duero llega estrecho y manso retenido por el embalse de Castro. Los farallones imponen y en el centro de la postal el centenario puente de Requejo nos obsequia con su imagen liviana y elegante. Más al fondo aún se aprecian los caminos a los viejos embarcaderos, ahora sumergidos, que nos ocultan la aventura que supuso cruzar el rio para los mundos de Aliste y Sayago.

Puente de Requejo. Villardepera. Zamora
El Duero desde Peña Cintigosa
Los Molinos del Valle del Pontón

Dejamos Villardepera y por caminos firmes nos dirigimos hasta Villardiegua de la Ribera tras negociar el paso con un par de mastines que se empeñaron en mostrarnos lo celosos que son de su trabajo con el inconveniente de que salieron a realizarlo fuera de sus cortinas.

Salvado el obstáculo llegamos a Villardiegua y de allí en dirección a Peñaredonda paramos junto a la rivera del Pontón que prometía entretenimiento con el espumoso despeñar de sus cachones hacia el Duero entre pequeños molinos de entrañas vacías, de caces estrechos y piedras molineras gastadas.

Cortina en Sayago. Villardiegua de la Ribera
Cortina en Sayago

Bajando hasta el último por la senda usada por las acémilas para bajar los costales, de nuevo encontramos al Duero. Seguía sereno, ahora retenido por el salto de Miranda do Douro. Sus aguas llegan amarronadas donde suelen ser oscuras o verdosas y es que ahora baja crecido y revuelto, cargado de sedimentos desde la meseta.

Frente a nosotros tenemos tierras de Portugal; otros pueblos y sus caminos, otras ermitas y otros palomares. Otro mundo casi inaccesible desde estos pagos.

El Duero desde los molinos de las Pozas. Villardiegua de la Ribera
El Duero desde los molinos de las Pozas
Y nos acercamos hasta el “viejo” Fuerte Nuevo

Seguimos nuestro camino hacia Torregamones. Disfrutamos del rodar pero la sensación es que siempre vamos en ascenso. Dejamos para otra ocasión el Castro de Peñaredonda y visitamos los evocadores chiviteros.

Dejando atrás los encinares los campos se abren mostrando algunos cultivos de centeno. Seguimos hasta el cruce del camino de los Camelos para llegar a Fuerte Nuevo, aquí nos entro el antojo de visitarlo aún metiendo siete kilómetros más a la ruta que ya se nos antojaba exigente. Con más voluntad que fuerzas llegamos a los pies de la Peña Gazón, dejando la bicicleta junto a unas carrascas para subir caminando.

Puente en Villardiegua de la Ribera
Puente en el arroyo de Fenoya

Allí siguen las ruinas del fuerte del siglo XVII. Un pequeño baluarte que debió acoger a algunas decenas de soldados confinados en la Raya en momentos de batallar rencores entre dos pueblos que debieron ser uno de haberlo permitido el Duero, la política y el destino.

Más allá, Miranda do Douro se muestra colgada en los arribanzos. No parece enemiga sino acogedora; aquí el fuerte se abandonó y allí apenas se distingue el perfil de su castillo.

Desde el fuerte no se ve el rio. Tratamos de acercarnos en cualquier dirección hasta el abismo pero no resulta fácil. Enormes bolos emergen entre vegetación espesa, arbustos ariscos y gamones aún sin florecer. A pesar del peligro nos acercamos al borde con precaución y, por fin, podemos ver el rio doscientos metros bajo nuestros pies. La brisa y el vértigo realzan la profundidad del abismo y nos alejamos.

El Duero en Torregamones
El Duero desde los alrededores del Fuerte Nuevo
… Y de regreso a Moralina

Emprendemos la vuelta dejando atrás las peñas abruptas y retomamos los buenos caminos entre cortinas que nos llevan hacia Torregamones, nos entretenemos en cada fuente que encontramos, con sus charcas y arroyos blancos por los peinados ranúnculos que acompañan a la corriente y volvemos a mojarnos los pies con las aguas que esconden sus prados. La primavera emerge con energía pronto los robles estrenarán vestido, las peonias y escobas aportarán sus tonos. Pero ya margaritas, cantuesos, narcisos, violetas, aulagas, rúculas, mostacillas…. llenan de color los prados.

Churras en Torregamones
Bucólico Sayago

Llegamos de nuevo a Moralina; cansados y mojados pero felices por lo disfrutado. A veces nos peguntamos: ¿Cómo es que no hemos encontrado otros ciclistas por estos parajes virginales?¿otros caminantes?

Y aquí el camino seguido. y ¡ojo a las asomadas!

Burros Zamoranos
Bueno, no todo fueron feroces mastines….¡también hicimos amigos!
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