Era temprano y hacía fresco pero Luis estaba ya jugando en la fuente de la plaza entre barro, gallinas y avispas que se desperezaban. Ese día no había escuela y pronto llegarían más críos que no tuvieran que ayudar en sus casas. Su padre hacía tiempo que desapareció por el camino a los páramos con la burra y la legona al hombro. Su madre, con más pequeños en la casa, no lo vería hasta que el hambre apretara más, que hacerlo ya lo hacía.

Ya tenía once años y era raro que esos días su padre no lo llevara con él a trabajar. Lejos de tomárselo como una ofensa disfrutaba de su ocio. Había hecho ya un par de vendimias como covanillero y el último verano se lo paso sobre un trillo arreando a los machos. Ya odiaba el campo; sus infantiles fantasías no encajaban en aquella miserable vida rural. Y sí con la de los soldados que deambulaban por el pueblo en aquellos años de guerra.

Se apartó del caño cuando llegaron a abrevar media docena de vacas en su camino hacia el prado. Al hacerlo oyó desde el fondo de la plaza una voz firme que lo llamaba.

– Luis, ven acá.

Vio sin sorpresa que era don Diosdado, un viejo del que sentía temor y respeto y al que jamás se hubiera acercado. No muchos años después comprendería que era uno de los caciques del pueblo y lo que ello significaba.

– Ven chaval, voceó

Luis miró hacia su casa y vio como su madre se asomó levemente apartando la cortina y cerrándola inmediatamente. Él se acercó al viejo.

– Ven acá granuja, que hoy te vas a ganar un pan. No os vendrá mal, muertos de hambre. Coge este mulo y llevas este saco a la 42. Le dices al molinero que mañana mando a alguien a por la harina. Me traes el recibo. ¿Te enteras? Pues ale y ojo… no prepares alguna laborada.

– ¿Un recibo señor? Replicó Luis

– Si, un papel. Te lo darán en el molino.

Su corazón latía acelerado pero no tuvo fuerzas ni para abrir la boca de nuevo. Su firmeza, su autoridad… y el nulo estatus de su familia obrera. Había que tirar y aguantar ….

Tomo el mulo del ronzal con cierta precaución pensando en el camino que debía de tomar. justo el contrario del que había tomado su padre. No se podía estar más solo.

Puente sobre el Canal de Castilla en la esclusa 42

Comenzaron el mulo y él a caminar mirándose de reojo, como tomándose la medida. El saco parecía bien apañado pero de cuando en cuando el mulo se agachaba a mordisquear las incipientes amagarzas de las cunetas, entonces la carga se desestabilizaba inquietantemente. Tiraba del ronzal pero a esas alturas el animal ya se había dado cuenta de la escasa energía que llevaba en su contra y se paraba a placer cuando le apetecía a ramonear el verde.

Algo tenía que hacer, la 42 estaba a una legua y había que volver… y sin comer.

Luis tiraba del ronzal, cada vez un poco más fuerte. Así consiguió avanzar camino abajo pero sin evitar la querencia del animal. En uno de los tirones el mulo dio un corcoveo soltándose el cabestro y dejando al crío con el bozal de la mano y el animal suelto trotando hacia el arroyo. Presa del pánico Luis ya solamente pensaba en algo así como el final de sus días. Algo así nunca se perdonaba ni en su pueblo ni en cualquier otro y menos a los pobres.

El mulo buscando el verde se acercó al arroyo. Tras unas obras recientes estaba convertido en una profunda zanja y al fondo resbaló el animal, eso sí y ¡menos mal!: mirando hacia la 42.

Tras mucho y penoso trabajo, aprovechando la inmovilidad de la acémila, Luis consiguió ponerle de nuevo el cabestro sujetándolo por el ronzal. Pero no había manera de sacarlo. Tiró de un lado y del otro, le dio puntapiés pero el animal solamente caminaba hacia adelante entre las cañas y pecina que aún mantenía el arroyo. Y así recorrieron otro buen tramo sin que apareciera un lugar propicio para escapar. Llegaron a un puentecillo que, o bien pasaban por debajo, algo que no quería ni considerar, o bien lo sacaba. Tomo un par de largas tobas resecas del año anterior y con la energía propia de la desesperación le pinchó en sus partes agarrando bien la cabezada. El mulo rebrincó e incluso lanzó una coz pero esta vez también logró trepar la zanja.

Consiguió tranquilizar al animal, lo dejó beber en un manantial que por allí brotaba y recolocó como pudo el costal que se había desplazado ligeramente. Afortunadamente el saco no se había roto.

Molino en el Canal de Castilla

El mulo se calmó y quería ya soltar su carga, por aquel entonces ya Luis tenía sometido el alma del animal. Era el momento de disfrutar del aquel tramo del Canal de Castilla al que había llegado. De aquel majestuoso río que ya conocía bien por haber ayudado a su padre a podar un majuelo cercano. Las hojas de lo álamos parecían estrellas fulgurantes justo a mediodía cuando llegaron al molino de la esclusa 42.

No sin cierto asombro los atendió el molinero…

– Que hay chaval?

En voz tenue musitó:

– Que vengo de parte de Don Diosdado. A dejar este trigo.

El molinero comprendió bien pronto la situación del muchacho, ordenó a un mozo que bajara el costal y cumplimentó el recibo.

– Toma, dale esto al viejo… a don Diosdado. Dile que no manden a primera hora. A la tarde mejor. Y que mande a uno de sus obreros que aquí ni cargamos ni descargamos. Aunque eso bien lo sabe él. Toma un mendrugo y un pedazo de longaniza de esa mesa y vete, que te queda aún camino.

Luis oyó al encargado del molino murmurar cuando se dió media vuelta…

¡No te amuela! Pero qué cabrón el don…

Con cierto agradecimiento tomo de nuevo al mulo. Esta vez con una renovada firmeza que el animal aceptó. Salió junto a la esclusa 42 a comer el cacho cuando una enorme barcaza entraba en el vaso y allí quedó extasiado observando la maniobra hasta que la vio alejarse por la infinita y rutilante línea de agua verde.

Montó sobre el mulo y lo encaminó hacia el pueblo. El animal ya sabría llegar porque Luis el único camino que llevaba en su joven mente soñadora era el camino del agua por donde había visto alejarse aquella magnífica barca y por el que algún día se alejaría él también del aquel fiero y miserable terruño y de su maldito pueblo.

 

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