Desde Baltanás nos colamos entre los deliciosos vallejos cerrateños para ver como los asalta la primavera. Rodamos junto al arroyo de Fuentelacasa para perder de vista los profusos aerogeneradores. Poco a poco vamos encontrando la esencia de estos campos que además, y para variar, sus riachuelos y fuentes disfrutan de un agradable caudal de agua.

Los campos se van tornando verdes. Se pierden los ocres bajo los cereales incipientes hasta que llegamos a los montes. Allí los quejigos se toman su tiempo y sus hojitas esperan a los calores; y —como no—: los almendros. Para ellos no hay frio que valga, son valientes y, sin temor a las heladas, que tendrán que llegar, presumen con sus blusas blancas.

El paseo es agradable. Sin darnos cuenta estamos en el páramo, y, tras librarnos de unos mastines celosos, vamos encontrando los restos de los corrales que tanta vida dieron a estos montes. En el páramo de la Muñeca los corrales son barrios desvencijados; sus muros desmoronados aún mantienen los viejos postes que sujetaron las teleras contra el lobo. Y ¡vaya!, algunos chozos van apareciendo erguidos, luciendo sin complejos sus rústicas bóvedas realizadas a base de aproximar hiladas de piedra caliza. Ningún vendaval es capaz de derrumbarlos salvo el del abandono.

La ruta da para mucho, no hay tiempo para el descanso: atrás dejamos el triste monumento a Lance Amstrong, tan triste como su carrera; pasamos por la ermita de nuestra Sra. de Villella para disfrutar de su humilde arquivolta; después por la cruz de la Muñeca y recordamos el macabro paseo de la reina Juana y, más adelante, por la ermita de Garón con su fuente en forma de anfiteatro para quienes quieran disfrutar de la representación del surgir de las aguas.

Pasamos por Antigüedad y seguimos disfrutando de muchas cosas. Ahora tomamos otro arroyo del Valle Garón y encontramos un par de molinos, y la ermita de las Casas de Valverde; las fuentes no faltan, ni bodegas ni encinas… y, de vez en cuando, los almendros salpicándolo todo. Unas veces solitarios, otras en pequeños grupos vibrantes de color, algunos rosados y otros de blanco impoluto.

Pero hoy nos quedamos con los chozos que aún encontramos enhiestos entre sus corralizas presumiendo de su forma de pepinillo. Una forma que se atreven a copiar sin pudor en Londres o Barcelona para sus rascacielos de estética futurista.
Además del chozo ya comentado encontramos el de Bastriguilla muy bien conservado y, finalmente, el de Mojigatos, este con la fortuna de la compañía de un pequeño allozo en la linde. Sus entradas son diminutas y sus paredes muy gruesas. Franqueándolas entras a la tierra pisada que era su suelo, el pequeño hogar en el centro y los sueños de los que allí durmieron recogidos entre sus piedras firmes.

La ruta se ha tornado dura al final. Por el valle del arroyo de los Caños, el viento se envalentona y el Sol tiende a esconderse. Viento y frío importunan los últimos kilómetros, hasta que las bodegas de Baltanás nos reciben acogedoras.
Aquí os dejo el recorrido (algún perro suelto amenazante y algo de campo a través)