Andábamos de paso por allá por Cistierna, a las puertas de la montaña. Tomamos café calentito en uno de sus bares y nos pusimos a caminar.

Comenzamos entre los puentes del río, cruzando el gran Esla y buscando algún bosque que enseguida encontramos en cuanto comenzamos a remontar hacia La Loma de Yugueros.

Fuente en Cistierna junto al arroyo de Yugueros
Escarcha junto al Esla

Subíamos despacio. Primero entretenidos con la capa de hielo que se acumulaba en un caño y después pisando la hojarasca helada y crujiente de los rebollos. Al llegar a cierta altura, en un descanso, nos giramos para contemplar hacia el Norte el brusco y diáfano perfil dentado que dibujaba la cordillera. En primera línea era la Peñacorada, cubierta de pinares, la que emergía oscura y enorme al otro lado del río,

A medida que subíamos el robledal espesaba, las retamas verdes y el brezo blanco nos iban cerrando la senda y acabamos colándonos por algunas  trochas cubiertas de ramas cortadas y helechos que apenas se distinguían bajo la escarcha complicando un poco el avance, aunque prisa precisamente no había.

Rebollar el la Loma de Yugueros
El sol perezoso de invierno entre el rebollar

De nuevo apareció el camino y las pendientes se suavizaron. La marcha se convirtió, sin mas, en un agradable paseo con cero grados en el ambiente y un precioso sol del invierno tumbado en el horizonte. Un sol que se colaba entre las ramas retorcidas del rebollar deslumbrándonos a ratos.

La temperatura fría mantenía congelados barros y charcos; algo que se agradecía, y, el viento, de vez en cuando se hacía notar, suave y helado.

Sí, el invierno por fin  ha llegado.

Robles junto al Hoyón. Yugueros
Todos en «fila india»

Nos acercamos hasta el misterioso Hoyón y disfrutamos de buenos ejemplares de roble hasta comenzar el descenso hacia el río. Los encontramos pronto, tras cruzar la línea del FEVE llegamos hasta el viejo puente de Mercadillo que se reflejaba simétrico en las aguas amansadas. Allí el rio vuelve a ser presa del hombre y un conjunto de azudes lo parten, desviando aguas para regadíos.

Ahora, de regreso y con el sol a la espalda, vamos paralelos al cauce asomándonos cuando podemos para disfrutar de sus reflejos. Un gran crucero de madera nos recuerda que andamos sobre el ramal Vadiniense del Camino de Santiago.

Río Esla. Sorribas del Esla
Reflejos coloridos en el Esla

Seguimos junto al rio dejando a nuestra izquierda Sorriba del Esla y apreciando los gastados azudes de grandes molinos ahora en ruina. Ya estamos en Cistierna de nuevo y ahora, la mole de  Peñacorada, no nos parece tan enorme como nos lo parecía desde las laderas de La Loma.

Paseamos finalmente por su barrio de Santa Bárbara, observando los vestigios de unos pilares sobre el río que pudieron ser puente o aceñas y el robusto puente del ferrocarril sobre el que nos agrada ver pasar un pequeño y ruidoso trenecillo que anima la vida de la comarca y que nos parece un milagro, a la vista de tantos ferrocarriles abandonados por la región.

Puente del ferrocarril. Cistierna
El viaducto del ferrocarril.

Entre ruinas industriales y mineras, instalaciones ferroviarias y humildes viviendas dejamos de momento Cistierna y al Esla. Y Seguimos viaje.

Y aquí os dejo la ruta, ¡ánimo!

 

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