Os presentamos este relato en recuerdo y modesto homenaje al «último barquero» del Canal de Castilla: Emiliano Hinojal, fallecido recientemente y del que guardamos un grato recuerdo y buena información. De hecho esta historia está basada en una curiosa anécdota que él mismo nos relató. Descansa en paz Barquero
Canal de Castilla, dársena de Valladolid
Vieja grúa en el Canal de Castilla

Canal de Castilla, 195… «de barqueros y lavanderas»

Ramón sujetaba con destreza la caña del timón de aquella barca gris y encarnada de cincuenta toneladas. Tenía ya 16 años y tan solo hacía unos meses que estaba a cargo de la embarcación. Su figura, con la boina bien asentada, era erguida y orgullosa pero con la juvenil flexibilidad necesaria para acompasar, sin esfuerzo, su energía al timón. Más adelante, en el camino de sirga, Juan, su joven acemilero, conducía tres mulas canal abajo, hacia Rioseco.

Ramón ya había advertido a Juan de la importancia de llevar el paso sostenido, evitando tirones y otras brusquedades innecesarias; pero el joven, aunque ya tenía catorce años, carecía de la constancia y de la responsabilidad necesarias para guiar correctamente a las bestias. Ramón estaba preocupado, no podía relajarse un momento y lo que menos le agradaba: tendría que comentar este asunto al capataz.

Fuentes de Nava, Palencia
Canal de Castilla en Fuentes de Nava

La mañana de primavera era agradablemente fresca; suavemente las choperas de los bancales se movían rutilantes hacia él a medida que avanzaban hacia la esclusa. Poco antes una buena tremolina de mujeres alineadas junto al vaso del Canal hacían su colada.

La situación era habitual pero tenía su contrapunto. Por un lado había que espabilar; la barca y su evolución eran lo primero. Ellas lo sabían y al acercarse el mulero se apartaban prudentemente hasta que la tensa sirga pasaba sobre sus tajas y barreñones. Por el otro, la situación a veces resultaba bochornosa; un alboroto de mujeres disparando lindezas al paso del joven barquero de turno que, concentrado en sus maniobras, no podía esconderse. Eso sí, cuando la barca pasaba sin sobresaltos, llegaban las réplicas de barquero y mozo y todo era una fiesta.

María era novata entre las lavanderas y tomaba su trabajo con energía e ilusión. Joven y lozana en su adolescencia había encontrado la manera, lavando ropa de otras familias del lugar, de aportar algún recurso extra a su hogar. Cuando llegaba Juan con las acémilas se apartó con el resto de mujeres junto a unas zarzas. Allí quedó extasiada viendo acercarse la enorme barcaza mientras secaba sus manos heladas en su mandil.

El chiguito Juan, el mulero, iba distraído como de costumbre. Torpemente tropezó al pasar junto al lavadero; una mula se asustó cuando se sujetó con fuerza al ronzal para no caer y todos perdieron el paso. Así la sirga se destensó al pasar junto a los puestos arrastrando prendas, asperones y demás enseres. La joven María trato de poner a salvo su ropa ya limpia y escurrida pero al acercarse la cadena se tensó de nuevo haciéndola volar por los aires hasta caer en el centro del canal.

Dueñas, Palencia, paso de barqueros
Canal de Castilla en Dueñas, esclusa 37

María, nerviosa y aturdida, quedo flotando como un elegante nenúfar gracias a su larga falda en el centro de la ría. En la orilla un griterío histérico ponía coro a la dramática situación. Ramón, el barquero, al verla pasar flotando por el lado de babor, bloqueó rápidamente el timón, tomo un bichero y se lo acerco sin que ella, ahora presa del pánico, pudiera agarrarlo. Aún así la consiguió enganchar de la ropa y acercarla. Juan había detenido a las mulas y la barcaza se amorró junto al bancal con un golpe rotundo.

Entre el guirigay de las espectadoras Ramón acercó a María a la barca y trató de subirla tomándola las manos. El peso de la ropa empapada y los nervios de la joven no facilitaban la labor de rescate. Soltó el bichero y bajó hasta apoyarse en la pala del timón desde dónde, agarrándola por donde pudo, la elevó lo suficiente para que ella pudiera aferrarse al carel. La joven se tranquilizó en parte y Ramón la empujó hacia arriba elevándola otro paso y así, con algunos forcejeos, consiguió encaramar a la muchacha.

Ramón con gran agitación bajó al camarote y tomó una manta con la que cubrió a la joven que tiritaba. Afuera de la barca los gritos dramáticos se habían convertido en risas jocosas y chascarrillos.

– ¡Chiguito, toma este cabo y amarra a aquella estaca! voceó Ramón. Juan obedeció esta vez al punto.

Colocó la tabla para desembarcar y ayudó a incorporarse a la muchacha. Se miraron a la cara. María, se había quitado la pañoleta del pelo dejándola sobre el banco. Era muy hermosa a pesar de que su rostro estaba como la grana. Él debía de estarlo también y las bromas desde afuera eran ya insoportables. Aún así ambos insistieron un segundo más en la mirada hasta que finalmente Ramón la ayudó a bajar.

– ¿Estás bien? Preguntó.

– Sí…, si gracias. Ella musitó

Y María bajó de la barca aún chorreando agua entre sus ropas cuando el esclusero llegaba a la carrera para averiguar a que era debido el parón de la barca en medio de aquel vocerío. Enseguida la embarcación siguió su derrota sin daños de importancia y las mujeres arroparon a María que, temblorosa aún, miraba la figura de Ramón a contraluz alejarse de pie sobre la cubierta sujetando la caña del timón para embocar la esclusa.

Canal de Castilla y el camino del barquero
Canal de Castilla en Requena de Campos

Navegaron en silencio algunas horas más y acabaron su jornada al atardecer; Juan había calentado el pucherillo.

– Esto está Ramón, cuando quieras cenamos.

– Vete comiendo chiguito, ahora subo.

El barquero no estaba para cenas. Ni siquiera había regañado a Juan y éste estaba agradecido y… sorprendido.

Ahora Ramón estaba ausente. Entre sus manos conservaba la húmeda pañoleta olvidada y su corazón rebotaba como el trote de un caballo. Se acurrucó en su camastro recordando despacio la secuencia de aquellos forcejeos. Recordó verla flotar gracias a su falda llena de aire y acercarla. Ver luego su preciosa cara desencajada y después asirla como pudo. Ahora no recordaba la tensión ni el peligro. Ahora sólo recordaba el cuerpo prieto de la muchacha, sus pechos firmes y sus hermosas piernas que había visto y tocado necesariamente al izarla. Finalmente se recreó en el rostro abrumado y agradecido de María cuando soltó su mano al desembarcar.

María tampoco tuvo paz aquel día, ¿o sí?. Tendría que soportar muchas bromas; y por supuesto, relavar la colada además de sus propias ropas. Pero al acostarse aquella noche se cubrió con la áspera manta abatanada de Ramón y su mente de nuevo le llevó hasta las verdosas y frías aguas del canal. Ahora, ya en calma, sin miedo y sin rubor. Disfrutaba de la presión de aquellos brazos correosos y fuertes del barquero, que no la recogían sino que la acariciaban; de aquellas manos que tiraban con firmeza de su cuerpo ahora entregado al agradable recuerdo de la noble mirada de Ramón cuando le preguntó si estaba bien.

 

En este enlace encontraréis otras Historias en blanco y negro del Canal de Castilla

Canal de Castilla, dibujos de las barcas probablemente realizados por barqueros
Canal de Castilla, antiguos dibujos de las barcas, Fuentes de Nava, Palencia (pinchar para ampliar)

 

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