Hoy llegamos hasta Liceras para darnos un garbeo entre las areniscas rojas del sur del Duero. Bordeando la discreta sierra de la Pela que pone fin, en esta parte, a la cuenca del Duero para que comience la del Tajo. Tierras mesetarias, rústicas y aisladas que no dejan de generarnos una grata sensación de inmensidad.

En Liceras curioseamos su bonito caserío, su iglesia y su atalaya árabe encajada entre las callejas del pueblo. Desde allí partimos con la “burra” en busca del río Pedro, ya viejo conocido. Llegamos hasta los cantiles de La Cespedera y desde su altura pudimos contemplar un magnífico paisaje nítido y diáfano, de estos que te quedan sin aire. Bajo las areniscas rojas discurría el rio, más allá Noviales y de fondo la sierra de Pela jalonada entre el pico de Grado y Bordegal.

Bajo un cielo azulado inundado a veces de estelas seguimos camino, paralelos al río por lo alto del valle en un día que nos invitaba a pedalear. Llegamos a Rebollosa de Pedro y después hasta Pedro. Pueblos no del todo deshabitados, en los que incluso pudimos conversar con alguno de sus paisanos. Esto fue así hasta llegar al desolador lugar de Sotillos de Caracena.

Sotillos fue abandonado hace más de medio siglo, no llegó a conocer calles asfaltadas, quizás tampoco la electricidad. Ahora solamente es un esqueleto reseco y rojo al pie del Bordegal. Sus viviendas cayeron a plomo sobre si mismas y nos muestran un amasijo de teja y madera que se va sometiendo al terreno. Su iglesia aún sobrevive en pie, su artesonado resiste por el momento pero su interior es desolador.

En el pueblo de Pedro habíamos visitado el nacimiento del río; y, desde ese lugar, los romanos habían hecho llegar agua hacia Tiermes por medio de un canal que repartía sus aguas entre las fuentes y termas de la ciudad. Así que si el agua bajaba, nosotros también. En un suspiro llegamos hasta el yacimiento por el que dimos un paseo tratando de comprender que tipo de economía pudieron tener en estas tierras aquellas gentes más allá del ganado.

Desde Tiermes comenzamos nuestro regreso hacia Torresuso por un camino encrespado pero delicioso. En Torresuso de nuevo encontramos personas a las que saludar y también más fuentes y palomares. Ya por el valle del arroyo nos dirigimos hacia Montejo de Tiermes, cabeza municipal y propietario también de una atalaya como la de Liceras. Curiosamente ubicada en el fondo de un valle en lugar de los lugares prominentes a los que nos tienen acostumbrados y a los que tanto cuesta acercarse.

Poco más le quedaba a esta excursión. Junto al arroyo del Pozo Moreno recorrimos el último tramo de regreso a Liceras donde llegamos con más cansancio de lo esperado aunque relajados… hoy, por suerte, no aparecieron los mastines que nos han venido acompañando durante varias jornadas.
