Almeida de Sayago nos recibe con frio y viento, casi extrañada de que andemos por aquí. Pero sí, aquí hemos vuelto, para realizar una ruta algo improvisada pero que resultó increíble.

Después de la procesión de borrascas que hemos recibido el campo está maravilloso, renchido de aguas que desbordan caminos por los que pasean las arroyadas, sin prisa, en busca de sus riveras verdes.

Partimos hacia el dolmen del Casal del Gato, junto a la fuente del Hervidero. Un lugar en el que por el lejano Neolítico ya habría tantas personas como ahora por estas tierras. Unas cuantas lajas clavadas quieren dar forma al sepulcro de corredor que hubo bajo un gran túmulo que tenía que verse desde la lejanía. Pero pasan desapercibidas entre los kilómetros de cortinas que vamos encontrando; cortinas bien conservadas que nos muestran sus enormes hincones rodeados por sus coberteras.
El camino es sorprendentemente bueno y nos dejamos llevar hasta que aparecemos en Carbellino. Allí la gente sale de la misa de domingo y aprovechamos para visitar la modesta iglesia rural de San Miguel, cuidada y llena de encanto.

El pueblo sayagués nos sorprende con más cosas; como los restos de sus dos hornos de alfarería en la misma calle junto a una extraño humilladero que parece abandonado. También aparecen cruces y fuentes, pero es que Sayago es así, está lleno de detalles de gran personalidad de los que disfrutar.
Decidimos acercarnos al Tormes, ya embalsado por el gran Almendra. Para ello partimos hacia Peña la Hierba con la incertidumbre de como estarán las sendas.

Y las sendas van desapareciendo a medida que nos acercamos a los confines de este mundo, solamente los animales perece que nos dejan trochas que tenemos que seguir a pie hasta llegar a la peña. Allí hacemos un alto y la recorremos sin prisa. El paisaje no hace honor al nombre «Peña la Hierba», no hay ni una brizna.
El embalse no está alto a pesar de las lluvias, paseamos entre un caprichoso campo de bolas que parece que espera su inmersión. Algunas piedras caballeras parecen imposibles y entre el laberinto que forman nos acercamos hasta las mismas y mansas aguas del Tormes.
Para seguir hay que desandar, después entrar por los campos, hay también que traspasar varias cercas y cortinas, caminaremos junto a nuestra bicicleta por caminos-arroyo inundados y finalmente entraremos por prados en los que la bicicleta se hunde y a duras penas y mojados podemos avanzar.
Así hasta que encontramos una cómoda piedra a la abrigada justo cuando un rayo de Sol se cuela entre las nubes. Es hora de descansar y de paso almorzar.

El rayo desaparece pronto y abreviamos. Seguimos entre inexistentes caminos hasta que damos con el que nos llevará hasta La Rasica. A partir de allí entramos en zona amable y ya por caminos llegamos hasta el Puente del Rebollar. Solamente disfrutar de sus hechuras nos hace olvidar los pequeños sacrificios pasados.

El puente presume de romano, pero vete a saber. La verdad es que no necesita ser romano para ser magnífico. Robustas lastras ligeramente alomadas forman su cubierta adintelada sobre unos pilares terminados en fuertes tajamares que, precisamente hoy, hacen su trabajo, defendiéndolo del ímpetu con el que discurre la ribera.
Y de puente a puente, antes del regreso a Almeida nos acercamos hasta el arroyo de la Hojita para ver el llamado Puente Nuevo que, aunque ya no lo es tanto, no deja de ser una preciosa construcción de mediados del XIX, que se dejó apartada al cambiar el trazado de la carretera hasta Zamora.

Después de algunos pontones y algo mojados, regresamos hasta el magnífico caño de donde partimos. Ahora sus pilas vacías evocan aquellos tiempos en los que seguro fue el alma del pueblo.
Aquí os dejo la ruta, ¡ojo, bastante complicada en algunos tramos!

