En esta ocasión nuestra excursión parte del la localidad de Villamediana, en Palencia. Vamos a recorrer algunos de los páramos y montes más bonitos de la cuenca del Pisuerga, en el interfluvio de este río con el Carrión; en realidad seguimos recorriendo la ancha y a veces difusa raya entre Tierra de Campos y Cerrato.

Villamediana, Palencia
Villamediana, iglesia de Santa Colomba

Por los páramos no veremos ríos ni arroyos, si acaso alguna fuente o pozo y la humedad la aportarán las nubes que nos acompañan. A cambio encontraremos un territorio casi virginal: campos aún sin roturar y otros abandonados por la ganadería que nos dejan su rastro antropológico con imágenes de chozos y corraladas que nos cuentan antiguas formas de dibujar el paisaje.

Llegaremos a Astudillo descendiendo al valle y, tras visitarlo, enseguida remontaremos de nuevo para llegar a Valdespina. Hoy serán lo suaves páramos calcáreos del Cerrato los protagonistas de esta ruta.

De Villamediana a sus páramos

Resultó sorprendente nuestro comienzo en el pueblo de Villamediana. Encajado en un valle, como tantos otros del Cerrato, nos sorprende con su fuente romana de dos arcos y los bulevares sobre sus arroyos domesticados. Su horizonte lo preside la monumental iglesia de Santa Colomba rodeada de viejas bodegas y, entre sus calles, encontramos curiosos ejemplos de arquitectura vernácula con amplios voladizos en algunas fachadas y soportales. ¡Ah! y aún con alguna sorpresa más nos toparíamos a la vuelta.

Villamediana, Palencia
Remontando el valle sin prisa

Salimos junto a una fábrica de yesos y comenzamos la subida a los páramos remontando el valle del Arroyo del Heno. Una ladera larga y tendida que nos tomamos con calma, haciendo algunas fotos y observando cómo de sus campos van desapareciendo los tonos verdes en su viaje hacia los dorados. Pronto estábamos arriba y allí encontramos un suave norteño que hizo que nuestro pedaleo fuera algo pesado, como si siguiéramos subiendo.

Viejas corraladas en Astudillo
Los corrales se desmoronan en los montes comunales

En el paisaje comienzan a aparecer quejigos y encinas alternándose caprichosamente con los cultivos. Los horizontes son llanos; a nuestra derecha más montes, los de Torquemada y más allá el Pisuerga y, a nuestro frente, la Montaña Palentina se distingue con dificultad debido a lo nuboso del día. Un par de corzos nos esquivan pisoteando a brincos un trigal y varios conejos cruzan el camino en busca de un refugio que no necesitan, esta claro que por aquí la caza abunda. El Pocillo del tío Badanas nos confirma estas sospechas, se trata de un refugio de cazadores o para quien lo necesite, un auténtico vergel de sombra fresca dentro del monte de Villamediana.

Monte de Astudillo, chozo
Chozo en el Cerrato

Tomamos el camino del Valle del Infierno que dejamos enseguida —por si acaso— antes de entrar en el monte de Astudillo. Los chozos y corrales se suceden; alguno aún en uso, como las Tenadas de Tendero donde un perro encerrado nos ladra tras un portalón mientras tiramos alguna foto a sus chozos y muros desvencijados.

Y de los páramos a Astudillo
Astudillo, Palencia
Astudillo desde el Castillo

Seguimos nuestro camino hacia Astudillo evitando carreteras y tratando de rodar por lo alto junto a un campo de aerogeneradores hasta que, inevitablemente, el camino desciende y llegamos a la sorprendente villa. Primero nos topamos con el monasterio de las Claras y su coqueto palacio mudéjar, antiguo refugio de regios amantes zalameros. Subimos a su castillo o más bien, a sus bodegas amparadas en lo que queda de sus muros. Desde aquí me llama la atención la armonía de los tejados de la localidad. Sus ocres y sienas en multitud de planos, ¡parece una pintura!

En Astudillo encontramos muy buen pan y como el páramo y la bici dan siempre apetito nos acercamos hasta la ermita del Santísimo Cristo de Torremarte para hacer mediodía y dar cuenta de la fiambrera.

Cerrato Palentino, camino de los Mosteleros
Camino de los Mosteleros. No hace tanto todo esto fue monte

Tras el descanso reanudamos la ruta optando por seguir por los páramos. Subimos por un vallejo hasta tomar el camino de los Mosteleros. Arriba en la planicie sin monte, el viento, que seguía viniendo del norte, nos dio un buen empujón esta vez y con rapidez nos plantamos en el acogedor pueblecito de Valdespina al regazo del Arroyo de Los Pisones, en un entorno amable de fuentes, huertas y —¿cómo no?— los detalles románicos en sus templos desmochados: su iglesia de San Esteban privada de su torre y la ermita de Nuestra Sra. del Olmo privada de su olma…

¡Cómo echamos de menos aquellos enormes negrillos!

El monte del Olvido, el Camino de la Muñeca Alta

Tras dejar atrás Valdespina remontamos de nuevo a los páramos. Optamos por tomar el camino de la Muñeca Alta que bordeando la finca Monte del Rey desciende suavemente hacia la carretera PP-4112 muy cerca ya de Villamediana.

Muñeca Alta, El Cerrato
Camino de la Muñeca Alta, entre Astudillo y Villamediana

Aquí el monte cerrateño nos volvió a mostrar de nuevo su auténtico aspecto. Encontramos quejigos centenarios entre campos de cultivo pletóricos por un camino áspero festoneado de lino, margaritas y amapolas. Un auténtico paseo —cuesta abajo— en medio de un monte cerrado que se fue abriendo a medida que bajábamos hacia Villamediana. Solamente al final el camino se volvió más salvaje dificultando el rodar al llenarse de espiguillas los cambios de las bicicletas.

Llegamos por fin a Villamediana donde aún nos esperaba la sorpresa de su ermita de Los Esclavos, o La Esclavina, que encontramos de casualidad buscando ya nuestro coche. Sobre los restos de una de las puertas de la vieja muralla se asienta la pequeña ermita a la que se accede por una elegante escalinata de piedra mientras que bajo su tosca solera de madera pasa la calle.

Ermita de Los Esclavos, Villamediana
La Esclavina, Villamediana

Y así dejamos de momento nuestro Cerrato en el que el tiempo parece haberse remansado.

Por si alguien se anima: el track de la ruta  y otro punto de vista por Piscatorem

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