Hoy nos alejamos del Duero, atravesamos la extensa Moraña sin que podamos ver su final por la fuerte calima. Rebasamos Madrigal y Peñaranda y atravesamos pequeños afluentes del Tormes: Almar, Margañán, Gamo… Finalmente llegamos a Pascualcobo para iniciar nuestra ruta sobre las faldas graníticas de las sierras avulenses.

Pero hoy no conseguimos ver las montañas que tan cerca deben de estar. Cuentan las noticias que es el humo que llega desde los incendios de Canadá lo que las tapa. Mal asunto este.

Cañada Real Soriana Occidental en Ávila
Manantial y abrevadero dentro de la cañada

Recorremos el pueblo buscando la salida a la cañada real que por allí discurre, la encontramos junto a un viejo viacrucis de madera y tras algunos caminos infestados de zarzas la alcanzamos.

Se trata de la Cañada Real Soriana Occidental. Dicen que viene de Soria, o de las montañas de Santander y que llega hasta el confín de Extremadura, por las sierras de Olivenza. Se muestra ancha y nítida. Verde y fresca. Demarcada por vallas de granito que nos recuerdan las cortinas sayaguesas. No tenemos más que seguir roderas o sendas del ganado para avanzar con facilidad hacia el Oeste con nuestras sufridas bicicletas.

CAÑADA…
Encina en la cañada Real Soriana Occidental
Festival de encinas en nuestro recorrido

Mientras lo hacemos nos van apareciendo novedades que disfrutamos adornándolas con pastoril imaginación de tiempos de antaño.

Aparecen manantiales que son el origen de los ruinosos abrevaderos que encontramos y que en su desagüe forman bonitas charcas.

Aparecen también las ruinas del Ventorro de Pascualcobo; la humilde cantina o posada que durante siglos proveyó la impedimenta a pastores.

Cuando llegamos hasta el arroyo Agudín nos sorprende un enorme y tosco pontón de lajas desbastadas como dintel de sus dos ojos. Jugamos y nos entretenemos con la cámara y gracias a el podemos seguir sin barro en las ruedas.

Rio Gudín, Ávila. Pontón de lajas de granito
Hermoso pontón sobre el arroyo Agudín

Las encinas salteadas en el curso de la cañada nos muestran sus formas rotundas y extrañas, sus misteriosas oquedades y la firme voluntad de alguna de crecer entre el mismo granito.

La alquería de Castellanos de la Cañada y alguna de sus fuentes que sirvieron a Santa Teresa como terapia en momentos de delicada salud.

El paso del cordel por Zapardiel de la Cañada. Allí nos cuentan que el arco que encontramos en su calle Real era la fachada de, nada menos, que un hospital de La Mesta.

Caballo presumido en la dehesa. Ávila
¿Qué tal estoy?. Yo creo que muy bien…¡¡quieto ahí!!

Y así de ameno y así de hermoso fue seguir la cañada florida a medida que un suave vientecillo se levantaba suavizando la temperatura y de paso llevándose los malos humos que desde Canadá llegaban. Ahora ya podíamos ver el perfil gris y difuso de los cordales serranos.

Después de refrescarnos en la fuente de la plaza de Arevalillo iniciamos regreso dejando la cañada para rodar ahora entre montes y dehesas.

… Y DEHESAS

Desde la cantera de Arevalillo nos dirigimos hacia la Dehesa de Montalvo. Allí nos acercamos hasta la ermita de la Virgen de la Estrella y después seguimos hacia Martínez, el pueblo que se compró a si mismo cuando al Antiguo Régimen. Saliendo por el Camino de Peñaranda conseguimos llegar hasta la Dehesa del Castillo sin tener que abrir o cerrar demasiados portillos.

Avileña en la dehesa. Ávila
Vaca avileña atenta a nuestro paso

Las reses pastan en paz, incluidos los terneros. Encontramos mitad avileñas y mitad charolesas, o mezclas de ambas, u otras, que expertos no somos. Nos miran con curiosidad y nos franquean el paso cuando necesitamos cruzar algún prado, algo que se agradece. Encinas y melojares abundan. El suelo es un tapiz florido que cubre incluso los caminos ya que por aquí pocos se aventuran.

Sementales de charolesa. Serrezuela de Ávila
Los pesados sementales se cuentan sus aventuras

Por estos caminos llegamos hasta El Castillo. Un paraje elevado donde parecen hallarse restos de un torreón, de una casa y de algunos corrales. Un viejo moral nos cuenta sobre la presencia humana que tuvo. Hoy una vaca solitaria nos mira extrañada y se va. Curioseando por la red encontramos que, en algunas excavaciones realizadas por estas zonas, fueron halladas algunas lajas de pizarra con escrituras y dibujos y con algo de ajuar de tiempos visigodos.

Fuente y lavadero en Diego-Álvaro. Diego del Carpio.
Un enorme lavadero en Diego-Álvaro donde nunca debió de haber colas…

Dejamos el paraje y nos acercamos a Diego Álvaro donde nos sorprende un amplio lavadero no podemos imaginarlo lleno. El lavadero se abastecía de una monumental fuente de granito de la que apenas lagrimea un hilillo de agua.

Diego Álvaro. Diego del Carpio. Ávila
Yegua amamantando a su potro en el corral

Seguimos hasta San Miguel de la Serrezuela. Ahora la dehesa se despeja y los campos de cereal son más frecuentes. Cuando menos encinas nos rodean aparece la ermita de Nuestra Señora de la Encina junto al cementerio. Reponemos agua en la fuente de la Arroyada y tenemos la suerte de poder visitar el interior armonioso de su iglesia con berraco de bronce junto al pórtico. Finalmente tomamos el camino, ya cuesta abajo, que nos lleva de vuelta a Pascualcobo.

Aún hubo tiempo de visitar su monumento megalítico; el dolmen de Altopinillo. Un dolmen de buen tamaño en forma de taburete de tres patas. El viento se había llevado definitivamente la calima y así pudimos enumerar las sierras que nos rodeaban por el Sur y la amplia Moraña al Norte. Abajo, entre las lomas, la marca de la cañada se deja notar entre las dehesas de este mundo ganadero donde según nos cuentan —y hemos comprobado— hay muchas más vacas que personas.

Aquí os dejo el recorrido

Pascualcobo, Ávila
Dolmen en Pascualcobo

 

 

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