Salimos del pueblo, hacia el rio. La mañana era helada y sol luminoso. La escarcha se mantenía inmutable en las sombras y firme a la luz cuando comenzamos nuestra caminata.

De dónde vino la zorra
El camino, solitario y escarchado

Enseguida llegamos al rio cruzándolo por uno de sus puentes. Bajaba ancho y espumoso cuando nos acercamos a la orilla. Al final del arrabal un gallo cantaba alborotado.

Había otro puente; este era de piedra, para el ferrocarril. Y hasta el subimos para contemplar mejor el cauce.

En el mismo estribo, sobre balastos y junto al oxidado raíl una figura estaba tendida en una contorsión de dolor.

Era una raposa. Apenas llevaría unas horas muerta. Seguramente esta noche, mientras dormíamos. Debió bajar hambrienta y tarde. Su astucia no fue suficiente y en la frenética caza de gallinas alguien encendió la luz deslumbrando sus ojos asustados.

Seguramente correría por suelos y paredes; salvaje y desorientada, mientras ese alguien tomó la vieja horca para el heno, de palo corto y afiladas púas de forja.

Lances, bufidos, nervios y sudores debieron de sucederse dentro de aquel gallinero. Finalmente el animal pudo encontrar una salida justo a la vez que la horca se clavaba en su cuerpo. Un tenue aullido… la huida entre las callejas hacia el rio y un dolor intenso que le impedía cada vez más moverse.

Y así, arrastrando la horca clavada en su torso se encaramó hasta el puente hasta que la herida la conmocionó y el frío la remató.

raposa muerta
La zorra abatida

Su hermoso pelo rojo está ligeramente escarchado, sus ojos abiertos y hueros y pronto alguien vendrá a recuperar su horca para el liviano heno y raposas atrevidas.

Tal vez fue así o de cualquier otra manera. Quién sabe.

Un aviso a las autoridades y seguimos nuestra caminata monte arriba entre el robledal. El gallo aún sigue con su cacareo y hoy las gallinas asustadas no pondrán. Todo está helado, todo está frío; o quizás sea la inquietante imagen de la supervivencia la que nos ha helado la sangre.

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