Nos ponemos de nuevo en marcha. Tras un largo viaje llegamos a Villardeciervos, un bonito pueblo de la comarca de La Carballeda enclavado entre la Sierra de la Culebra y el embalse de Valparaíso, que ensancha las aguas del río Tera.

Comenzamos a rodar con una magnífica temperatura; y así llevamos toda la temporada. No sé si nos acostumbraremos cuando lleguen los fríos… si llegan, claro.
De la Playa de los Molinos a Cional
Ponemos rumbo hacia la Playa de los Molinos, junto al embalse. Es un lugar encantador que recorremos sin prisa, admirando la línea de rebollos que se refleja en las aguas. A partir de allí encontramos una senda que, a nivel del embalse, nos lleva hasta Cional. El recorrido, técnico y agradable, nos muestra aún los restos de la arboleda quemada en el pavoroso incendio de Losacio de 2022, hace ya cuatro años.
A lo lejos, y de vez en cuando, se escuchan los ecos lejanos y evocadores de la berrea.
En Cional también hay playa y embarcadero. Algunas barcas se reparten por la pequeña dársena sobre las aguas calmas. El pueblo nos muestra sus pequeños tesoros de arquitectura rural, muchos de ellos curiosamente rematados en sus tejados con piedras de cuarzo blanco que allí llaman xeisos.
🚴♂️Consejo de ruta: El tramo de sendero junto al embalse exige algo de técnica, pero las vistas merecen totalmente la pena.
El salto hacia Aliste: Un paisaje transformado
Partimos desde su recogido cementerio y tomamos una pista asfaltada. El paisaje ha perdido su bosque; ahora son la jara y el brezo los que disimulan la tierra quemada, permitiéndonos ver a algunas madres con sus cervatos que nos miran con curiosidad antes de salir trotando.

Llegamos hasta el Puente de la Ribera, sobre el río Valdaya, y enseguida nos plantamos en Boya. Allí nos acercamos a su iglesia y contemplamos también las huertas y los lavaderos. Pero lo más importante ocurrió en un instante: el claxon del panadero nos recordó que no llevábamos pan para el almuerzo, un problema que quedó inmediatamente solucionado.

Desde allí cruzamos la Sierra de la Culebra hacia la vertiente que se abre a la comarca de Aliste. Donde esperábamos encontrar frondosos bosques, apareció una estepa desoladora.
Sorpresas junto a la vía del tren
Cruzamos la línea del ferrocarril y nos acercamos a San Pedro de las Herrerías. Un pequeño arroyo cruza el pueblo y, junto a un coqueto puentecillo, un cartel nos informa de que se trata del río Aliste, que nace por estos lares. Una agradable sorpresa que no teníamos prevista.

Después de pasear por el pueblo y tirar algunas fotos, seguimos la decadente línea del ferrocarril que reniega de sus estaciones, las cuales aparecen completamente abandonadas. Aún nos cruzamos con algún camión que, por las pistas, sigue extrayendo la madera quemada en el desastre.
Tratamos de encontrar la fuente del Caño y los restos de la ermita de San Mamed, pero ambas exploraciones fueron un fracaso. Sin embargo, el chasco quedó compensado con la aparición de un hermoso ciervo que, luciendo una buena cornamenta, nos miró desafiante antes de desaparecer en un bosquete.
El asalto a la sierra y el regreso a Villardeciervos
Seguimos junto a la vía hasta que nos decidimos a asaltar la sierra. Quizás fue el peor momento de la jornada: además de la dura cuesta, era mediodía, el calor apretaba y los mosquitos estaban molestos. Con paciencia y ritmo cansino fuimos trepando hasta llegar a lo alto.

Arriba la temperatura era fenomenal y el paisaje, aún recuperándose del fuego, resultaba delicioso. Bajo un pequeño roble y con una agradable brisa, dimos buena cuenta de nuestra fiambrera, a lo que siguió una breve y reparadora siesta.

Ya todo era bajar. En un suspiro nos plantamos de nuevo en Villardeciervos, donde recorrimos sus caños y monumentos tradicionales. Junto a la escultura del ciervo en la plaza, esta vez sí que pudimos despacharnos una buena y reparadora “clara doble”, mientras nos arrepentíamos de no haber hecho el recorrido en sentido contrario: ¡ahora mismo estaríamos dándonos un chapuzón en la playa de Valparaíso!



