Habíamos llegado a Abelón tras alcanzar al Duero en el arribanzo (1ª Parte).

Y ahora emprendíamos el regreso entre pueblos sayagueses cruzando puentes sobre riveras blancas.

Tomamos un camino ascendente hacia el sur, hacia Fresnadillo de Sayago. Justo donde nace el arroyo de La Llaga encontramos un viejo molino. En una de sus esquinas apoyaba una enorme volandera de granito partida y sin apenas rayones. Como acompañando al manantial que antaño debió moverla hasta desgastarla.

Parajes de Abelón
… continuamos nuestro paseo entre el jardín Sayagués

La dehesa había desaparecido pero el esplendoroso jardín Sayagués seguía interminable.

En Fresnadillo encontramos su coqueta iglesia dedicada a Santiago acompañada de un moral, ya abuelo, y por ello entutorado con auténticos menhires de granito. Pudimos visitar su interior ya que dos mujeres se encontraban limpiándola con esmero y con lejía. En el centro del sencillo retablo, entre ángeles, la figura de Santiago sobre un caballo blanco levanta la espada mientras la cabeza de un moro reposa en el suelo muy atento.

Fresnadillo de Sayago
Moral e iglesia de Santiago en Fresnadillo de Sayago

Un grifo en la plaza nos permitió rellenar los bidones y seguir nuestro camino. Por una carretera en la que no apareció ningún vehículo llegamos a Gáname, aquí nos entretuvo su arquitectura tradicional de granito y teja y una curiosa pila —quizás pesebre, quizás bebedero— a la puerta de un corral.

Ahora el cielo se había abierto y la lluvia no amenazaba. El viento además nos ayudaba y se agradecía después del duro inicio de jornada.

Riveras blancas

Seguramente habréis observado que hablamos de “riveras” con uve. Parece un error y, aunque seguramente encontréis otros, en este caso es la forma con la que por estos pagos denominan a los arroyos o pequeños riachuelos que discurren por la comarca.

Rivera sayaguesa
Aspecto que ofrecen las riveras sayaguesas en primavera

Por estos cauces, en estos momentos primaverales, el agua avanza abundante y limpia pero sosegada. Ya tendrá tiempo de precipitarse en espuma al llegar al Duero.

En primavera, como flotando sobre sus aguas, florecen abundantes colonias de ranúnculos que ofrecen un precioso aspecto alba a la corriente como si estuviéramos de boda o de comunión; y sus riberas con “b” festoneadas de fresnos e inundadas a lo ancho se convierten en tiernos prados salpicados de florecillas que mordisquea con placer el ganado.

Nuestra ruta seguía y tras Gáname llegamos a Fadón, un pueblo muy diseminado en el que encontramos curiosas fuentes y un potro de herrar. Un pastor vuelve del campo al frente de su rebaño al paso cansino de las ovejas que se alborotan al cruzarnos.

Ganadería en Fadón, Zamora
a veces encontramos público curioso en el camino

Un camino que se nos hizo demasiado cuesta arriba, incluso cuando descendíamos, nos llevó hasta Sogo. Allí paramos en el puente más próximo al pueblo donde tomamos un pequeño respiro pero había que seguir y “de puente a puente”. Tras recorrer el pueblo nos acercamos al otro puente: al romano, por el que también debió pasar la Calzada Mirandesa y sobre el las legiones poderosas pero que ya nadie cruza salvo para disfrutar de su paisaje.

Sogo, puente romano
Puente romano de Sogo
Y Puentes

Las riveras sayaguesas son uno de los mayores placeres de estos paseos, y lo siguiente son sus puentes. A juego con sus riveras encontramos fantásticos puentes que ayudan a cruzarlas. Puentes cuya construcción se pierde en tiempos remotos, algunos diseñados por ingenieros como el de Albañeza o el de Sogo pero muchos otros consisten en imponentes lajas de granito soportadas por otras verticales realizadas de forma tosca pero eficaz seguramente por los propios vecinos con la ayuda de bueyes, maromas y palancas. Donde no se llega a tanto encontramos puntones que es como llaman aquí a las piedras pasaderas que también facilitan el paso de las aguas.

Gáname: puente sobre el arroyo Peña-Lavar. Sayago
Gáname: puente sobre el arroyo Peña-Lavar

En cualquier caso la belleza de estos encuentros de piedra gris y musgosa con agua es digna de conservar, mantener y por supuesto: cruzar.

… y por fin, Arcillo

Desde el puente optamos por dirigirnos ya directamente hacia Arcillo. Nos hubiera gustado más, queríamos animarnos pero el cansancio era patente. Así que tomamos el camino de la Fuente la Muela. Rodando tranquilos, despacio y disfrutando de la caída del sol con el único inconveniente de atajar los regatos, alguno ancho y profundo, en caminos sin puente y entre prados inundados que finalmente hicieron que nos caláramos de nuevo hasta las rodillas.

Y así, bien mojados, por fin de vuelta en Arcillo. Y allí nuestro vehículo. ¡A recoger!

 

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